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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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Adicción a las redes sociales: una nueva amenaza silenciosa

En la última década, las redes sociales han transformado radicalmente la forma en que nos comunicamos, informamos y entretenemos. Plataformas como Instagram, TikTok, X (antes Twitter) y Facebook se han convertido en parte esencial de la vida diaria para millones de personas. Sin embargo, esta conexión constante tiene un lado oscuro: el riesgo creciente de adicción y sus efectos negativos en la salud mental.

La adicción a las redes sociales no siempre es fácil de detectar. A diferencia de otras formas de dependencia, puede disfrazarse de simple hábito o entretenimiento. Sin embargo, cuando el uso de estas plataformas interfiere con el sueño, la productividad, las relaciones personales o el estado de ánimo, es momento de prestar atención.

Estudios recientes han demostrado que el uso excesivo de redes sociales puede estar relacionado con niveles más altos de ansiedad, depresión y baja autoestima, especialmente en adolescentes y jóvenes adultos. La comparación constante con otros, la necesidad de validación a través de "likes" y la exposición a vidas aparentemente perfectas generan una presión emocional difícil de manejar.

Además, los algoritmos están diseñados para mantenernos enganchados. Cada notificación, video o actualización está cuidadosamente optimizado para captar nuestra atención durante más tiempo. Esto crea un ciclo difícil de romper, en el que el usuario busca dopamina rápida a través del consumo constante de contenido.

La solución no está necesariamente en eliminar por completo las redes sociales, sino en aprender a usarlas de forma consciente. Establecer límites de tiempo, desactivar notificaciones, hacer pausas digitales y fomentar la conexión en el mundo real son pasos esenciales para recuperar el control.

En definitiva, las redes sociales no son malas por sí solas, pero el uso sin moderación puede convertirse en una amenaza silenciosa. Reconocer este riesgo es el primer paso hacia una relación más saludable con la tecnología.