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El peso emocional de las primeras veces

Las primeras veces tienen una intensidad difícil de repetir. No importa si se trata del primer amor, la primera mudanza, el primer fracaso o la primera vez que alguien creyó en nosotros. Todas comparten una cualidad especial: ocurren sin comparación previa. No hay antecedentes, no hay referencias, solo emoción pura.

En esas experiencias iniciales, todo se siente más grande. La alegría es desbordante y el miedo también. Al no saber qué esperar, el cuerpo y la mente reaccionan con una sensibilidad extrema. Con el tiempo aprendemos a protegernos, a anticipar resultados, pero en las primeras veces esa defensa aún no existe.

La memoria suele aferrarse a esos momentos con fuerza. Años después, recordamos detalles mínimos: una frase, un gesto, una sensación física. No porque hayan sido perfectos, sino porque marcaron un antes y un después. Las primeras veces nos definen, aunque luego cambiemos de rumbo.

También hay un duelo silencioso ligado a ellas. Sabemos que no se repetirán de la misma manera. Podemos vivir experiencias similares, incluso mejores, pero nunca idénticas. Esa irrepetibilidad les da su peso emocional.

Aceptar el valor de las primeras veces es reconocer que crecer implica perder cierta ingenuidad, pero ganar perspectiva. Y entender que cada nueva etapa, aunque distinta, también merece ser vivida con presencia y apertura.