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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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El duelo por la persona que idealizaste

Uno de los duelos más silenciosos no es por alguien que se fue… sino por alguien que nunca existió como tú lo imaginabas.

Es duro aceptarlo, pero pasa: te enamoras de una versión. De una promesa. De lo que esa persona parecía ser al principio. De lo que te hacía sentir. Y cuando el tiempo muestra su verdadera cara, no solo duele la decepción… duele darte cuenta de que estabas amando una idea.

Y aun así, la idea era hermosa.

Por eso cuesta tanto soltar. Porque no estás soltando solo a la persona real, estás soltando el futuro que construiste en tu mente: los planes, las conversaciones que soñaste, los viajes imaginados, los “cuando estemos bien…”.

Lo que se rompe no es solo una relación, es una película entera que ya habías empezado a vivir por dentro.

Y lo peor es que la idealización te hace justificar cosas que no deberías justificar. Te hace decir “es que está pasando por un mal momento” una y otra vez, hasta que el mal momento se vuelve la relación completa. Te hace quedarte con migajas porque recuerdas aquel día en que te dieron un banquete.

Pero la realidad siempre gana.

Tarde o temprano te das cuenta de que amar a alguien no significa inventarlo. Que el amor verdadero no necesita tanta explicación ni tanta paciencia infinita para ser decente.

Y cuando finalmente aceptas que esa versión perfecta no era real, empieza el duelo verdadero.

Un duelo extraño, porque no lloras a la persona… lloras al sueño.

Pero cuando lo superas, recuperas algo inmenso: claridad.

Y con claridad, por fin puedes elegir un amor que no sea imaginario, sino real.