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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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Las conversaciones que ensayamos y nunca ocurren

Hay diálogos que vivimos mil veces en la cabeza, pero jamás en la realidad. Conversaciones que ensayamos mientras caminamos, mientras nos duchamos, antes de dormir. Pensamos cada palabra, cada pausa, cada respuesta posible… y aun así, nunca las decimos.

A veces son conversaciones pendientes con alguien que amamos. O con alguien que nos hirió. O con alguien que ya no está. Son cosas que queríamos aclarar, reclamar, pedir, confesar. Pero el momento nunca llegó, o llegó y nos dio miedo.

Lo curioso es que esas conversaciones imaginarias se vuelven un lugar emocional. Una especie de teatro privado donde por fin decimos lo que callamos. Donde somos valientes. Donde nos defendemos. Donde pedimos perdón. Donde nos despedimos.

Pero también pueden convertirse en una cárcel. Porque mientras más las ensayamos, más crece el peso de lo no dicho. Y lo no dicho se acumula como una piedra en el pecho. Nos deja con la sensación de que algo quedó incompleto, como una canción que nunca terminó de cerrar.

No siempre es posible tener esas conversaciones en la vida real. A veces ya es tarde, a veces la otra persona no cambiaría nada, a veces solo nos haría más daño. Pero incluso entonces, hablarlo —aunque sea en una carta que no se envía— puede liberar.

Porque el cierre no siempre lo da el otro. A veces el cierre lo damos nosotros, cuando aceptamos que no todo tendrá respuesta, pero igual podemos soltar.

Y quizás esa conversación que nunca ocurrió… no era para ellos. Era para que tú por fin te escucharas.