Entrada destacada

000148

  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

000106




 

 


La nostalgia por cosas que no fueron

A veces sentimos nostalgia por una vida que nunca tuvimos. No por un recuerdo real, sino por una posibilidad. Una versión alternativa de nosotros mismos: el que se quedó en esa ciudad, el que eligió a esa persona, el que tomó otro camino y quizá fue más feliz… o al menos eso creemos.

Es una nostalgia rara, porque no tiene fotos ni pruebas, solo imaginación. Pero igual duele. Duele porque se alimenta de lo que pudo ser, de los “y si…”, de esos escenarios que nuestra mente construye cuando la realidad se siente incompleta.

Lo peligroso es que idealizamos esa vida inventada. La pintamos perfecta, sin errores, sin decepciones, sin días malos. Y entonces nuestra vida actual, con sus imperfecciones normales, empieza a parecer insuficiente en comparación con una fantasía que jamás tuvo que enfrentarse al mundo real.

Pero esa nostalgia también revela algo importante: un deseo no cumplido. Una necesidad emocional que sigue viva. Tal vez no extrañamos el pasado, sino la sensación de emoción, de aventura, de amor, de libertad… que creemos que estaba ahí.

Aceptar eso no significa lamentarse para siempre. Significa escucharse. Porque a veces el corazón no está llorando por lo que perdió, sino por lo que todavía quiere encontrar.

Y quizás esa vida soñada no era un destino perdido… sino una pista. Una señal de lo que aún puedes construir, pero esta vez de verdad.