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AN 130

El arte de esperar en una época de inmediatez Esperar se ha convertido en una experiencia casi intolerable. Todo está diseñado para ser rápido, inmediato y eficiente, y cualquier demora parece un error del sistema. Sin embargo, la espera forma parte natural de la vida, aunque intentemos eliminarla. Aprender a convivir con ella puede cambiar la forma en que entendemos el tiempo y nuestras propias expectativas. En una fila, en un mensaje que no llega o en un proceso que toma más de lo previsto, la espera revela mucho de nosotros. Aparece la impaciencia, la ansiedad y, a veces, la frustración. Pero también puede surgir un espacio inesperado para observar, pensar o simplemente estar. Cuando dejamos de luchar contra ese tiempo suspendido, la espera pierde parte de su carga negativa. Esperar no siempre es pasividad. Muchas veces es un período silencioso de preparación, incluso cuando no somos conscientes de ello. Las ideas maduran, las decisiones se aclaran y las emociones se acomodan. ...

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La tranquilidad de no tener prisa

Hay un alivio extraño en aceptar que no todo tiene que pasar ahora. Que algunas cosas pueden esperar, madurar, incluso cambiar de forma en el camino. Vivimos apurados, como si la vida fuera una carrera y no un proceso lleno de desvíos necesarios.

La prisa suele disfrazarse de ambición, pero muchas veces es miedo: miedo a quedarse atrás, a no llegar, a no ser suficiente. Frenar un poco no significa rendirse, significa escucharse. Preguntarse si el ritmo que llevamos es realmente propio.

Cuando uno deja de correr, empieza a notar cosas que antes se perdían. El cuerpo habla, las ideas se ordenan, las emociones bajan el volumen. No todo se resuelve, pero al menos se vuelve más claro.

Aprender a no tener prisa es un acto de confianza. En uno mismo, en el tiempo, en que lo importante encuentra su momento sin ser forzado. No es pasividad, es paciencia activa.

Tal vez no estamos atrasados. Tal vez solo estamos yendo a la velocidad que necesitamos.