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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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La tranquilidad de no tener prisa

Hay un alivio extraño en aceptar que no todo tiene que pasar ahora. Que algunas cosas pueden esperar, madurar, incluso cambiar de forma en el camino. Vivimos apurados, como si la vida fuera una carrera y no un proceso lleno de desvíos necesarios.

La prisa suele disfrazarse de ambición, pero muchas veces es miedo: miedo a quedarse atrás, a no llegar, a no ser suficiente. Frenar un poco no significa rendirse, significa escucharse. Preguntarse si el ritmo que llevamos es realmente propio.

Cuando uno deja de correr, empieza a notar cosas que antes se perdían. El cuerpo habla, las ideas se ordenan, las emociones bajan el volumen. No todo se resuelve, pero al menos se vuelve más claro.

Aprender a no tener prisa es un acto de confianza. En uno mismo, en el tiempo, en que lo importante encuentra su momento sin ser forzado. No es pasividad, es paciencia activa.

Tal vez no estamos atrasados. Tal vez solo estamos yendo a la velocidad que necesitamos.