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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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El silencio incómodo que dice más que mil palabras

No todo silencio es paz. Hay silencios que pesan, que incomodan, que se instalan entre dos personas como un tercer cuerpo en la habitación. Ese silencio que aparece cuando algo debería decirse, pero nadie se atreve a empezar. Y aunque no suene, grita.

Estamos acostumbrados a pensar que hablar lo soluciona todo, pero a veces el problema no es la falta de palabras, sino el miedo a lo que pueden provocar. El silencio se vuelve entonces una especie de tregua falsa: nadie ataca, pero nadie gana. Todo queda suspendido, sin cierre.

Ese tipo de silencio suele nacer de cosas pequeñas que no se dijeron a tiempo. Un comentario guardado, una molestia minimizada, una emoción postergada “para después”. Y el después llega convertido en distancia, en frialdad, en conversaciones que ya no fluyen igual.

Lo curioso es que ambos lados suelen sentir lo mismo: incomodidad, confusión, incluso ganas de arreglarlo. Pero el silencio se vuelve costumbre, y romperlo parece más difícil que soportarlo. Así, se transforma en una rutina que erosiona lentamente lo que antes era natural.

A veces, decir algo torpe, imperfecto o emocionalmente desordenado es mejor que seguir callando. Porque el silencio incómodo no protege: desgasta. Y casi siempre, alguien termina hablando… cuando ya es demasiado tarde.