Entrada destacada

000148

  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

000092




 


Cuando una canción ya no duele, pero tampoco es la misma

Hay un momento extraño en la vida de una canción: cuando deja de doler. Sigue sonando igual, la letra no cambia, la melodía es idéntica, pero algo en nosotros ya no reacciona como antes. Lo que una vez fue un golpe directo al pecho ahora pasa sin hacer ruido. Y eso, aunque parezca alivio, también tiene algo de despedida.

Las canciones suelen quedar atrapadas en emociones específicas. Un amor, una ruptura, una etapa caótica o luminosa. Por eso, cuando las escuchamos después de haber sanado, sentimos una distancia rara, casi incómoda. Como si estuviéramos escuchando a alguien que ya no somos.

A veces creemos que eso significa que la canción perdió su magia. Pero no es así. Lo que cambió fue nuestra relación con ella. Ya no es un refugio ni una herida abierta, sino un recuerdo. Y los recuerdos no siempre necesitan doler para ser importantes.

También existe una melancolía suave en ese proceso. Porque si la canción ya no duele, es porque algo se cerró. Algo terminó. Y aunque eso sea bueno, implica aceptar que ciertas versiones de nosotros quedaron atrás, para siempre.

Quizás por eso seguimos volviendo a esas canciones, incluso cuando ya no nos rompen. No para sentir lo mismo, sino para confirmar que sobrevivimos.