Crecí en una comunidad musulmana muy cerrada del este de Londres, donde la tradición marcaba cada paso de la vida. Aunque soy gay y no binarie, para mi familia yo era simplemente “el hijo”: el heredero del apellido, el futuro proveedor, el hombre que debía cumplir un rol ya escrito. Durante los primeros veinte años de mi vida cargué con ese peso, sostenido por una pregunta que lo gobernaba todo: “¿Qué va a decir la gente?”.
Salir del clóset fue un acto de supervivencia. Fue enfrentar una cultura que esperaba que me casara con una mujer y escondiera mi verdad en silencio. Sin embargo, fue un viaje a Pakistán el año pasado —un país que no visitaba desde la infancia— el que terminó de cambiar mi forma de entenderlo todo. Volver a las raíces familiares me dio una perspectiva inesperada sobre la vida que había construido en Londres. Viajé junto a mi Amijaan, mi madre, cuidándola y acompañándola durante un recorrido tan intenso como hermoso.
Antes de partir, tenía miedo. Mido más de un metro ochenta y mi expresión es masculina, algo que sé que me da privilegios que otras personas queer más femeninas no tienen. Aun así, decidí no esconderme. Iba a ser yo mismo: con piercings, tatuajes y todo. Lo que no esperaba era encontrarme con una realidad muy distinta a la que me habían enseñado.
Salir del aeropuerto de Islamabad fue casi una escena teatral. Miles de personas y muchas miradas clavadas en mí. Mi madre, nerviosa, susurró: “Te dije que te cubrieras los brazos, todos te están mirando”. Pero cuando hablé con el conductor que venía a buscarnos, solo tuve que decirle: “Busque al tipo con tatuajes”. Me encontró de inmediato. En ese momento entendí que podía transformar esas miradas en humor, incluso en una pequeña rebelión. En una farmacia, una mujer intentaba grabarme con su celular. La miré y le dije en urdu: “Tía, mejor venga y se saca una selfie conmigo”. Salió corriendo.
Esa seguridad no nació de la ausencia de miedo, sino de una convicción profunda: ser auténtique, vestir como quiero y rechazar normas de género no le hace daño a nadie. Lo que más me sorprendió fue el contraste entre el Pakistán real y la mentalidad con la que crecí en Londres. Vi grupos mixtos de jóvenes compartiendo chai en público, conversaciones abiertas, gestos de modernidad en ciertas ciudades. Mi familia había quedado atrapada en una imagen congelada del pasado, volviéndose incluso más rígida que el país mismo. Ese Pakistán imaginado se había convertido en la plantilla asfixiante de mi vida.
La experiencia queer, por supuesto, sigue siendo clandestina. Al abrir Grindr, vi decenas de perfiles sin rostro: el único con foto era el mío. Tuve que quitarla cuando comenzaron a escribirme personas diciendo que me habían visto en un rickshaw o en el hotel. Los pocos encuentros privados que tuve fueron dolorosos, marcados por la soledad y la vergüenza de quienes no pueden vivir abiertamente. Fue un recordatorio fuerte de la vida que dejé atrás, y de lo cerca que estuve de quedarme atrapade en ella.
Aun así, incluso dentro de esa represión, encontré pequeños momentos de conexión. Al simplemente existir —visible, tatuade, abiertamente no binarie— sentí que estaba cuestionando el relato dominante. En una mezquita, un grupo de escolares me siguió con curiosidad. Uno preguntó por mis tatuajes. Mi madre respondió que eran algo malo. Yo me agaché y le dije: “No le hagas caso. Si quieres hacerlo algún día, piénsalo bien, pero no dejes que nadie te diga quién puedes o no puedes ser”.
Mi regreso a Pakistán se suponía que sería una confrontación, pero terminó siendo una liberación. La regla silenciosa en mi comunidad siempre fue temer la opinión ajena. Ese miedo empujó a mis padres a una vida infeliz y pretendía empujarme a mí a vivir escondide.
Aprendí que la libertad no consiste en huir de tu cultura, sino en volver a ella y demostrar que tu existencia —con toda su complejidad queer y no binaria— es válida. Aunque el mundo, o incluso tu propia familia, insista en que mires hacia otro lado, existir con orgullo ya es una forma poderosa de resistencia.