Entrada destacada

000148

  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

000054









El extraño alivio de decir “no”


Decir “no” es un acto pequeño que suele venir acompañado de un miedo grande. Miedo a decepcionar, a parecer grosero, a perder oportunidades, a que alguien nos mire distinto. Por eso, muchas veces terminamos aceptando cosas que nos llenan la agenda pero vacían la energía.

Lo curioso es que, cuando finalmente nos atrevemos a decir ese “no” que llevamos guardado, aparece un alivio casi inmediato. Una especie de aire fresco que entra por la ventana después de mucho tiempo cerrada. Porque un “no” bien dicho no es rechazo: es autocuidado.

La mayoría de las veces, nuestros límites no chocan con los demás; chocan con nuestra propia culpa. Pensamos que ponerlos nos hará menos amables, menos entregados, menos disponibles. Pero la verdad es otra: sin límites, nos desgastamos hasta el punto de no poder ofrecer ni siquiera una versión auténtica de nosotros mismos.

Decir “no” es un acto de honestidad. Es reconocer que no puedes con todo, que no siempre tienes ganas, que no todo encaja contigo. Y eso está bien. Todos somos finitos: tiempo finito, energía finita, atención finita. Si lo damos todo a todo, terminamos sin espacio para lo que realmente importa.

El “no” que cuesta decir casi siempre es el mismo que te termina protegiendo. Te ayuda a ordenar tu vida, a priorizar lo que te nutre, a dejar de vivir en modo automático. También enseña a los demás cómo relacionarse contigo: con respeto, con claridad y sin suposiciones.

Y aunque parezca contradictorio, cuando empiezas a decir más “no”, tus “sí” se vuelven más sinceros. Ya no son concesiones obligadas, sino decisiones conscientes. Ahí es donde se siente el verdadero alivio: en darte permiso para elegir tu propia vida, incluso cuando eso significa cerrar algunas puertas. En el fondo, las que se cierran suelen ser las que nunca debiste cruzar.