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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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El arte perdido de aburrirse


El aburrimiento tiene mala fama. En una época en la que siempre hay algo que ver, que escuchar o que hacer, sentirse sin estímulos parece casi un error de sistema. Apenas aparece ese vacío incómodo, corremos a llenarlo con cualquier cosa: el celular, una serie, un video corto, una notificación que ni siquiera nos importa. Pero, ¿y si aburrirse no fuera algo malo, sino un espacio que ya no sabemos habitar?

El aburrimiento es, en realidad, una pausa. Una señal silenciosa de que la mente necesita descansar de tanto ruido. Cuando no la dejamos respirar, terminamos saturados sin darnos cuenta. Es como mantener un motor encendido todo el tiempo: tarde o temprano se recalienta.

Lo interesante es que, cuando permitimos que el aburrimiento dure un poco más de lo habitual, empieza a transformarse. Primero aparece la incomodidad, luego la calma, y después algo inesperado: ideas nuevas. La creatividad suele nacer de esos huecos donde no pasa nada. Los niños lo saben bien: de un rato sin planes salen juegos, inventos, historias. Los adultos lo olvidamos porque estamos demasiado ocupados llenándolo todo.

Aburrirse también es una forma de reconectar con uno mismo. En el silencio surgen pensamientos que llevabas semanas esquivando, pequeñas intuiciones que se pierden entre la prisa, deseos que no pueden escucharse cuando siempre estás distraído. Es un recordatorio de que no todo debe tener un estímulo inmediato para valer la pena.

Quizá lo que necesitamos no es más entretenimiento, sino más espacio. Momentos donde no pase nada para que pueda pasar algo. Un paseo sin música, una tarde sin agenda, cinco minutos mirando por la ventana sin culpa. Puede que no suene productivo, pero es profundamente reparador.

Al final, aburrirse no es perder tiempo: es recuperarlo. Es darle a la mente el permiso de vagar, de descansar y de crear. Y puede que, en ese aparente vacío, encuentres justo lo que estaba faltando.