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  La estética de lo imperfecto y su atractivo silencioso Durante mucho tiempo se nos enseñó a buscar la perfección: líneas limpias, finales cerrados, resultados impecables. Sin embargo, existe una belleza persistente en lo imperfecto, una que no grita, pero permanece. Esa estética, a menudo pasada por alto, conecta con algo profundamente humano. Lo imperfecto transmite verdad. Un objeto desgastado, una voz que se quiebra, una obra inacabada revelan proceso, tiempo y experiencia. No intentan ocultar sus fallas; las integran. En un mundo saturado de filtros y correcciones, estas imperfecciones funcionan como puntos de anclaje a lo real. En el arte, lo imperfecto invita a la participación. El espectador completa lo que falta, interpreta lo que no está dicho. Esa apertura genera una conexión más activa, menos pasiva. La obra no se impone, dialoga. También hay una dimensión emocional. La imperfección ofrece consuelo, porque nos recuerda que no todo tiene que estar resuelto par...

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El valor de estar solo: aprender a ser compañía para uno mismo

En una sociedad que celebra la conexión constante, la presencia permanente y el “estar disponible” a toda hora, estar solo suele percibirse como algo negativo. La soledad, mal entendida, se asocia con el abandono, la tristeza o la falta de vínculos. Pero hay una diferencia profunda entre estar solo y sentirse solo. Y dentro de esa diferencia habita un regalo enorme: la posibilidad de conocernos, de escucharnos, de ser nuestra propia compañía.

Estar solo no es un castigo ni un síntoma de fracaso. Es un espacio, una oportunidad, una pausa. Es el momento donde podemos detener el ruido del mundo y comenzar a escuchar nuestra voz sin filtros. En soledad, el diálogo cambia. No hay que explicar nada, no hay que agradar, no hay que sostener ningún personaje. Sólo hay presencia. Sólo hay verdad. Y eso, aunque incomode al principio, tiene una fuerza difícil de encontrar en otro lugar.

Pasar tiempo a solas nos enseña a observar nuestras emociones sin distracciones. En el silencio de un cuarto, en una caminata sin compañía, en una cena en solitario, aparecen pensamientos que evitamos durante el día. Algunos son incómodos, sí. Pero otros son reveladores. Esos instantes pueden funcionar como espejos sinceros, donde reconocemos lo que sentimos realmente, lo que necesitamos, lo que nos pesa o lo que queremos cambiar. La soledad no juzga. Solo nos muestra.

Además, la soledad voluntaria —la que se elige, no la que se impone— es un acto de libertad. Es decirse a uno mismo: “basta por ahora”, “quiero este momento para mí”. Es tomar el control del tiempo y del espacio propio, algo cada vez más escaso en el flujo continuo de estímulos y demandas externas. Y no se trata de huir del mundo, sino de regresar a él con más claridad. Porque quien aprende a estar solo, aprende también a estar mejor con los demás.

Estar en soledad fortalece el vínculo con lo que amamos hacer. Leer sin interrupciones, escribir, cocinar solo por placer, mirar una película sin compañía ni comentarios. Todo eso se convierte en ritual, en experiencia pura. En esos momentos, muchas veces redescubrimos lo que nos hace bien, lo que realmente disfrutamos, sin la influencia de lo que los otros esperan. Nos volvemos más auténticos, más coherentes con nuestro deseo.

Por supuesto, no siempre es fácil. Estar a solas puede confrontarnos con nuestras inseguridades, con los vacíos que intentamos llenar afuera. Pero ahí también está el aprendizaje. Porque al sostenernos en esos momentos difíciles, creamos una base más firme dentro de nosotros. Aprendemos a calmarnos, a consolarnos, a celebrar con nosotros mismos. Y eso nos vuelve menos dependientes, no por frialdad, sino por fortaleza.

La soledad no debería ser temida, sino cultivada. Incluso en relaciones amorosas o vínculos intensos, mantener un espacio propio es esencial. Saber estar solo es lo que permite elegir estar con otros desde un lugar genuino, no desde la carencia. Cuando no se teme al silencio, cuando uno se siente bien consigo mismo, los vínculos se vuelven más libres, más reales. Se ama porque se quiere, no porque se necesita escapar de uno mismo.

En el fondo, aprender a estar solo es una de las formas más poderosas de conocerse. Y también de quererse. Porque cuando el bullicio baja, cuando no hay testigos ni expectativas externas, lo que queda es lo que somos. Y si logramos sentirnos bien en esa intimidad, en esa pequeña isla interior, entonces llevamos con nosotros un refugio que nos acompaña siempre, pase lo que pase. Un refugio llamado uno mismo.